Sunday, September 01, 2013

El chalet de la carretera

Supongo que recordarán ustedes el relato "La cabaña del Indio", una historia ambientada en el pueblo donde pasaba los veranos de mi niñez y cuyo nombre no pienso revelar. Sólo diré que está en la provincia de Barcelona y que mantiene su ambiente agrícola dedicado a la vid.

En aquel pueblo pasé mis veranos, y mi hermano y yo nos juntábamos con otros hermanos vecinos de nuestra casa con los que vivimos grandes aventuras como la ya mencionada "La cabaña del Indio", escapándonos de casa para visitar pueblos cercanos, recorrer peligrosas carreteras, senderos de montaña, fuentes perdidas y robar algún que otro melón del campo bajo el riesgo de llevarnos un merecido perdigonazo de sal en el culo. A medida que nos hacíamos mayores, nuestras aventuras veraniegas sobre bicicleta o en el monte solían llevarnos cada vez más lejos, pero de vez en cuando nos encontrábamos una nueva experiencia más cerca de lo que nos podíamos imaginar...

Con 7 u 8 años ya nos escapábamos de casa para hacer la odisea de 1 kilómetro que separaba nuestras casas en la urbanización del pueblo al que pertenecíamos. Esa carretera asfaltada de hormigón de sólo un kilómetro suponía nuestra primera frontera. Una vez salvada, y con el paso de los años, ya fue únicamente la pista de escape para nuevos destinos. En aquel entonces no habían muchas casas en la carretera y destacaba una casa amurallada que había a un lado de la misma, después de tomar un desvío de unos 300 metros. La casa no sólo destacaba por ser una de las únicas que habían en la carretera, situada en la falda del monte con una ligera pendiente, y por estar completamente amurallada, también destacaba por ser una construcción tipo chalet de grandes dimensiones. Las casas de la urbanización eran todas con una planta similar y de dos pisos; esta tenía dos pisos pero tenía muchos metros cuadrados más, además de que su recinto era una parcela mayor que cualquier otra vista por allí.

De la misteriosa casa no se sabía mucho y no veíamos nunca a nadie, no se veía entrar ni salir gente, aunque se veían a lo lejos coches aparcados tanto fuera como dentro del muro, en una zona que era visible la superficie del interior de la parcela. Habían días en que habían más coches y otros días menos... coches de gama alta y media.

A cierta edad empezamos a cuestionarnos sobre esa casa que vigilaba nuestros pedaleos por la carretera siempre que la tomábamos para ir al pueblo o más allá. Esa casa amurallada que debía guardar algún secreto que nos intrigaba en desmesura pues nos jactábamos de conocer a todo el mundo en ese pueblo: el que no era amigo era enemigo, y el que no era ninguna de esas dos cosas era uno más en el pueblo, pero al fin y al cabo uno al que conocíamos, ni que fuera de vista. Pues con el tiempo empecé a leer periódicos y a enterarme un poco de lo que había en el mundo más allá de los dibujos animados, cómics y primeros video-juegos... descubrí cierta vez la sección de "clasificados" del periódico con los anuncios de empresas y particulares, y allí vi los primeros anuncios de relax... vamos, de casas de putas. Conociendo un poco más la ciudad de Barcelona, supe de las zonas más caras y los puti-clubs de lujo que se instalaban y se anunciaban. Con esta idea me llevó a deducir que esa misteriosa casa no era otra cosa que una casa de putas de superlujo: todo encajaba, discreción, coches de lujo, nadie a la vista, chalet grande, recinto amurallado... tal vez era pocos elementos para llegar a tal deducción pero sumen a todo esto que no se veía nunca a nadie.

Ya con 14 años coincidimos con un amiguete del otro lado de la urbanización que sumó más misterio a la casa al decirnos que por su parte de la urbanización corría el rumor que era una casa donde se retenían a niños por mano de una secta. Era lo que nos faltaba, ¡que una secta se metiera en nuestro pueblo y que además retuviera a niños! En aquel entonces vi en los periódicos, y en periódicos viejos de mediados de los 80s, varias noticias que hacían referencia a sectas destructivas que actuaban en Estados Unidos, e incluso en la ciudad de Barcelona, usaban el gancho de la droga que se extendía como la pólvora entre la juventud de la capital para captar adeptos y adictos, pero lo que no imaginábamos es que los gurús de una secta se desplazaran a un pueblucho de mil habitantes para instalar una base de operaciones y llevar a cabo sus fechorías y secuestros.

El verano de mis 14 años, ya empezamos a cansarnos un poco de pedalear y nos hacíamos amigos del autostop. Craso error... si lo supieran nuestros padres nos hubieran cruzado la cara a hostias. Un día, el hermano mayor de nuestros amigos y yo, dos mocosos de 14 años, volvíamos del pueblo después de comprar un paquete de Lucky Strike, y por tal de aprovechar el tiempo nos dijimos de hacer autoestop para llegar antes a nuestro escondrijo de fumadores clandestinos sin cansarnos. Allí, en la carretera, nos paró un Citroën Dyane amarillo, el dos caballos. En él había un tío de unos 46 tacos con bigote de chuloputas y gafas de sol al estilo de poli americano. Nos subimos al coche y nos preguntó dónde íbamos y le dijimos que la plazoleta del restaurante de la urbanización nos iría bien. El tío era simpático y marchoso: tenía puesta música Salsa o Merengue o alguna de estas músicas del caribe. Al pasar junto a la casa amurallada, él nos dijo que era su casa. Al oír esto nos quedamos mirándonos a los ojos y nuestro semblante se tornó blanco. El tío, que se percató de que llevábamos un paquete de tabaco, no perdió tiempo en invitarnos a ir a su casa cuando quisiéramos pues podríamos ir a fumarnos nuestros pitillos y meternos alguna litrona sin miedo a que nos pillaran nuestros viejos. Argumentaba que él había tenido nuestra edad y sabía de las preferencias de la juventud, y en casa tenía espacio suficiente para que nos escondiéramos de nuestros viejos para meternos la fiesta. Vamos, ya le veíamos las intenciones: este tío nos quería en su casa para petarnos el culo. Le dimos las gracias y le dijimos que el viaje estuvo muy bien por la musiquilla y lo enrollao que era pero que ya teníamos nuestro escondrijo para pegarnos la fumada y bebernos las birrillas. Al despedirse el hijo de la gran puta me guiñó un ojo. Ignoro si fue por simpatía o porque sus intenciones eran de tipo homosexual, lo que sí que sé y os lo juro es que me acojoné pues pensaba más en lo segundo.

Obviamente en cuanto reunimos la pandilla, lo que hicimos fue comentar el viaje con el petaculos del Citroën y planeamos vengarnos de la supuesta proposición indecente. ¿Qué cojones teníamos que hacer? No nos podíamos conformar con pasar de él, hacer que no lo habíamos conocido, y ya está. Está claro que no podíamos decirle a nuestros padres lo de este tío y lo que sospechábamos de él y de su maldita finca llena de críos con el coco comido, pederastas o de putas de superlujo; la bronca nos la llevaríamos nosotros por subir a coches de desconocidos. Teníamos de 12 a 14 años, era nuestra edad de hacer putadas y de crecer afrontando nuestros miedos con acciones que sólo veíamos en películas. El Equipo A tenía que entrar en acción. Así nos fuimos al monte donde construíamos nuestras cabañas, donde vivíamos nuestras aventuras más silvestres, y nos dispusimos en la falda del monte que daba directamente a la pared posterior de la finca del marchoso bigotudo amante de los medianos. Allí pudimos desclavar del suelo un enorme pedrusco que estaba clarísimo que su trayectoria iría a parar de lleno al muro en cuanto lo hiciéramos rodar por la pendiente. La fuerza de la gravedad hizo su trabajo perfectamente, lo que no nos imaginábamos es que el pedrusco de unos 300 kilos se moviera con tanta agilidad al ser empujado por 4 criajos y que cayera cada vez más rápido por la pendiente carente de árboles, y lo peor de todo fue el enorme estruendo que provocó en cuanto chocó contra el muro de la finca llegando a romperlo y dejando una brecha de un metro de ancho. Empezamos a correr en todas direcciones antes de que oyéramos el primer grito de rabia del bigotudo entonando un "ME CAGO EN DIOS" muy baritonal, pero con la mala fortuna que el chuloputas estaba en el patio en ese momento y presenció en primera fila cómo se le desmoronaba la pared por nuestra acción y a lo lejos vio las siluetas de los criajos correr en lo alto del barranco que nos sirvió de lanzadera.

- Hijos de puta!!! Malditos hijos de puta!!! Por poco me matáis, cabrones!!! que estaba yo detrás del muro!!! - Nos gritaba desde la lontananza.

Me paré detrás de un pino y vi cómo el supuesto gurú pedófilo salía por la brecha de nuestra obra y gracia vestido con unos pantalones cortos, camiseta rosa, sandalias de maricón de playa y... y... un garrote. Ese tío estaba dispuesto a abrirnos la cabeza con el garrote si nos pillaba. Él corría torpemente subiendo por la pendiente y nosotros ya estábamos lejos y perdidos por el monte como para que nos pillara.

Por caminos distintos, ya anocheciendo, llegamos al garaje de casa de los vecinos para comentar la jugada. Quién más quien menos, íbamos llenos de zarzas pero enteros. Nos fuimos a la plazoleta del restaurante desde donde se tenía buena panorámica de la casa y allí vimos dos patrullas de la Guardia Civil tomando parte de la denuncia que presentaría el hombre del Citroën. Nos estábamos preguntando si la Guardia Civil habría descubierto los niños de la secta o si habría destapado el negocio de las putas de superlujo.

Durante el resto del verano evitábamos pasar por la carretera por el miedo atroz a que el señor del bigote nos reconociera o llegara a relacionar a los dos autoestopistas con los salvajes tira-rocas. Siempre que salíamos con las bicis lo hacíamos por caminos de montaña.

El miedo se diluyó, cambiamos de hábitos y el Citroën amarillo no se vio nunca más tal y como no lo teníamos visto hasta el día en que nos recogió. No llegamos a coincidir más con el bigotudo y años más tardes vimos un cartel de "SE VENDE" en la finca. El misterio, al igual que el miedo, se diluyó pero que se diluyera no quiere decir que desapareciera... No sé cuánto tiempo tiene que pasar más hasta que reaparezca el del bigote y su dos caballos para tomarse la venganza del muro de su chalet.

Thursday, August 01, 2013

El palacete de los raros

Íbamos de excursión por una carretera de la provincia de Tarragona cuando decidimos hacer un alto en el camino en una zona de picnic cerca de un riachuelo. Esta zona de picnic estaba junto a una urbanización presidida por un conjunto de edificaciones señoriales que denotaban un pasado de prosperidad económica muy posiblemente atribuida al negocio textil vistas las ruinas de una fábrica próxima a la zona.

Bajamos para situarnos en una explanada donde, a nuestras espaldas, quedaba la zona de picnic a unos 100 metros, y justo en frente nuestro se nos presentaban a la izquierda el palacete señorial, en medio una nave de la parroquia, y a la derecha el edificio principal de la iglesia. Detrás de la iglesia (a nuestra derecha) ya se encontraba el barranco que llevaba al río.

Aunque se podía ver que las edificaciones podían estar habitadas, no se observaba movimiento alguno y eso acompañado que el sol hacía lucir las paredes de los edificios de un amarillo desértico, me daba la sensación que todo ello le confería a todo un aspecto de abandono, como si fueran edificios que hacía tiempo que no se visitaban.

Allí, en esa explanada estábamos mi hermano y yo buscando cómo acceder a la zona de picnic que, como he comentado, estaba a nuestras espaldas aunque se tenía que acceder por una especie de pasillo arbolado que no parecía muy a primera vista. El resto de los que formábamos la comitiva de vacaciones se había quedado arriba, en la carretera, en los coches esperando a que volviéramos de nuestra incursión en ese apartado del camino para ver la posibilidades de parking y fonda. No sé cómo, pero la sensación que me daba todo aquello me decía que estábamos cerca de una nueva aventura que me dejaría un sabor agridulce de la visita a ese conjunto de arquitectónico en entorno de semi-naturaleza.

Siempre he estado interesado en las construcciones de una burguesía que en otro tiempo vivió un cierto esplendor, y hoy en día quedan como vestigio de ese tiempo, aunque las familias propietarias ya no tengan el estatus de aquella época y sean sólo "viejas glorias". Así, me gusta investigar un poco sobre qué fue de esas familias que con sus empresas gozaron de riqueza y prestigio, y sobre todo qué es lo que queda de ellas. Me quedé embobado mirando la iglesia construida con esa piedra amarillenta y brillante con el sol de aquel día. En el pórtico de la entrada no contenía muchos detalles de la mano y creatividad del artista que la construyó, y simplemente se podía leer cosas como "ego sum lux mundi 1889 Miralles Salvat". A mi espalda estaba la casa señorial con un muro interminable que contenía una balconada que iba de punta a punta del muro, y este balcón era ya rematado por el rivete del tejado. Me pareció que no había nadie en él pero una ventana del propio balcón parecía abierta con una tímida cortina blanca de ganchillo asomaba por la ventana entreabiaerta. Me preguntaba si la familia Miralles Salvat continuaba siendo propietaria de conjunto de construcciones.

Decidimos ir a la zona de picnic de donde salía humo de las barbacoas y se oía cierto griterío de niños y risas de adultos. No sé cómo pero en ese preciso momento a mi hermano no se le ocurri`ó otra cosa que tirar una piedra contra el muro de la casa señorial. El por qué todavía lo desconozco pero era una broma que con 12 años puedes permitirte, pero con treinta y algo ya no. Obviamente aceleramos el paso para salir de la explanada cuando oíamos una voz que venía de lo alto de la casa. Era un hombre que unos 70 años que nos gritaba algo así:

- Eh! Por qué me habéis tirado una piedra a la casa? Eso está muy mal.

Nosotros nos hicimos los sordos pensando que estábamos fuera de la vista del pavo. La sorpresa vino después, cuando ya estábamos mirándo las barbacoas y ya no estábamos a la vista de la casa, cuando el tío de 70 años apareció a la zona de barbacoa y nos increpó, mejor dicho, me increpó hartándome de preguntas sobre quién éramos y por qué le habíamos tirado la piedra a la casa. Una casa con muros enormes y muy gruesos a los que no le haría daño la piedra pero que al tío le había jodido cantidad.

- Yo no le he tirado ninguna piedra. No he hecho nada.- le contesté con semblante serio sin decir ninguna mentira pero interiormente estaba muy nervioso pues no me gusta que me llamen la atención en ningún caso y menos cuando no soy culpable de nada.

- Oiga usted!.-me decía el señor- he visto como ustedes estaban allí delante de mi casa y me tiraban una piedra.

Yo empecé a hablarle en catalán pues pensaba que podría ser un Miralles Salvat y que, por tanto, sería una família histórica de habla catalana, pero el pavo me hablaba en castellano y parecía que no fuera de esa estirpe, y pronto supe por qué.

- Yo compré esta casa hace mucho tiempo y no me gusta que me vengan a estorbarme de esta manera. Aun suerte que dejo a los turistas a que vengáis a las barbacoas, pero lo que ustedes me han hecho está muy mal.

Por momentos me parecía que se me iba a poner a llorar de la manera cómo estaba defendiendo su propiedad, por lo que deduje que ese hombre no estaba bien del todo. El tío, en su discurso, que ya pasaba de ser una riña por la pedrada, me estaba empezando a comer la cabeza con que "si su propiedad, su palacete, que cuando lo compró, que si él había sido empresario y que había llevado tres empresas, que cuando vino del pueblo...". Por mucho que intentaba excusarme de que no era yo el responsable de la pedrada el hombre la había tomado conmigo y, finalmente mi hermano intervino justo antes de que estuviera a punto de enviarle a la mierda. Mi hermano le dijo simple y llanamente:

- He sido yo, algún problema? Le he pegado una pedrada a la casa y ya está, no le he cortado ningún brazo. Póngame una denuncia si quiere pero calle la boca de una puta vez.


El señor de 70 años se quedó mudo como si le faltara el aire. Pensaba que se estaba a punto de poner rojo sin respiración de lo cortado que se quedó por la contestación de mi hermano. Entonces, con la voz trémula a punto del llanto nos pidió que le acompañáramos a casa pues se encontraba mal (y no es para menos, parecía que le iba a entrar un ataque de no sé qué) y mientras nos seguía comiéndonos la cabeza con su historia de las empresas, la llegada del pueblo, etc.

Él era el Sr. Neira-Vázquez y vino en los años 50 de un pueblo de A Coruña y se puso a trabajar en Barcelona como camarero. De allí se montó un bar que le fue bastante bien y entró en el negocio inmobiliario pues compró varios pisos que ponía en aquiler, además que empezó a moverlos: ahora compro, ahora vendo por más... Así se fue haciendo un pequeño imperio empresarial con el tema de los pisos, la construcción y los bares pues tenía unos cuantos "Bar Restaurant". Su fortuna creció para poder comprar el palacete y un título nobiliario de marqués de no sé qué cosa que el pavo lucía con gran orgullo como si lo hubiera llevado su familia desde tiempos remotos, y no era más que una parida adquirida que tenía en su caso que renovar cada cierto tiempo, y pagando. No había que quitarle mérito porque este vejete nos decía que llegó del pueblo sin apenas saber leer ni escribir y que a base de trabajar se pudo sacar la ingeniería con la que ha levantado pisos, casas y chalets a la vez que se pudo montar en la peseta para permitirse el conjunto patrimonial que tenía actualmente. Dicho sea de paso, el hombre no tenía mucho líquido y sobrevivía de lo que el bar del picnic y un restaurante le daba, pues al jubilarse se desprendió de mucho de lo que tenía por no poder atender, en parte porque el gestor le gastó una jugarreta y perdió mucho, de ahí que mimara hasta las piedras de su palacete ante cualquier agresión lítica por parte de un gamberro de capital. De todas maneras, en él había algo que me inquietaba y que me transmitía muy mal rollo pues ese sencillo hombre orgulloso de un título nobiliario que le costaba dinero, parecía que tenía un secreto que podía ser dañino. No sé, veamos que fue.

Con su verborrea llegamos a su casa (los cien metros más largos de mi vida) y entramos por el portal acristalado que tenía la casa en un lateral por la parte contraria a la explanada. Allí nos abrió una sirvienta vestida con estilo clásico y coronada con una cofia. Parecía sacada de una película de Gracita Morales la tía. La sirvienta, gorda, vio al señorito y con sorpresa y terror exclamaba:

- Señor, pero qué le ha pasado? Quiénes son estos señores? No le habrán hecho daño?

El señor, que poco a poco iba recuperando el aliento, le decía que trajera un vaso de agua que ahora se ocupaba de nosotros. Una vez recobró el aliento nos acompañó escaleras arriba a una estancia que parecía un salón comedor de estilo tope de rancio. Allí, en un sofá, como si de una sala de espera se tratara, habían un señor, una señora, una señora más vieja y un niño de unos 7, todos ellos regordetes, con gafas enormes, vestidos de manera similar y peinados igual, con la raya a un lado. Me cago en la puta, parecían de una peli de terror. El Sr. Neira le dijo a la sirvienta que se llevara a esos señores y que preparara la mesa para nosotros.

- Pero señor, estos señores hace tiempo que esperan.- contestó la gorda de la sirvienta.

- Nada, nada. llévelos a otra estancia para que sigan esperando, que estos señores tienen prioridad.

¿Prioridad para qué? Le explicamos que sentíamos lo sucedido y que, ya que se encontraba mejor, le dejábamos porque teníamos que irnos. Pero el Sr. Neira nos obligaba a quedarnos para poder pagarnos el favor de acompañarlo a casa en medio de su ataque de ansiedad, ataque que nosotros mismos se puede decir que le habíamos provocado. Pero, casi sin darnos cuenta estábamos sentados en una mesa y el hombre mismo nos estaba sirviendo una especie de sopaipas cruquientes y super harinosas, además habían platos de estofado con trozos de carne guisada súper-gordos. Yo que desconfiaba les dije a mis colegas que no probaran nada que seguro que estaba envenenado y que el cabrón del señorito nos quería hacer pasar putas el resto del día por una pedrada y un mal rato en el picnic, pero mi hermano ya se estaba metiendo el estofado a dos cucharas. Yo probé las sopaipas y no estaban mal. Sí, terminamos comiendo. Mientras estábamos disfrutando del papeo, nos trajo a su señora: una mujer de unos 70 también, muy flaca, rubia platino de pote con pelo corto y rizado y con gafas enormes, que en todo momento parecía que estaba como riéndose de nosotros y murmurando cosas con el pirado del marido. A mi me estaba repateando el estómago las risitas y los murmuros. En eso que la señora me pidió si podía dejar un plato en la nevera que había próxima la mesa, pero lo dijo tan bajito que no acerté a entenderla al momento y le pregunté dónde, en eso que la vieja murmuró como riéndose de mi algo como que

- ¿Pues dónde los vas a dejar, sordo-tonto?

Eso me encendió de tal manera que me salió del alma darle una respuesta a grito pelado:

- ¡Me cago en su estampa, señora! Si le pregunto dónde es porque no lo he oído! a qué viene que usted me hable flojo provocando y me venga con insultos pues eso de "sordo-tonto" sí que lo he oído, pedazo de vieja-bruja!!!

Se le desencajó la cara ante mis gritos, y en menos de un segundo empezó a llorar lanzando gritos y repitiendo: "me ha insultado, me ha insultado..." Sus gritos quedaban semi-apagados dentro de las manos que le tapaban la cara pero que no contenían los enormes chorros de lágrimas de su llanto.

- Paco, - que es como le llamaba a su marido, el Sr. Neira- hazles algo, mátalos, me han insultado. ¿Para qué traes gente a casa para que me traten así?

Al señor Neira volvía a quedarse sin aliento y parecía que iba a ponerse a llorar también. ¡Menuda casa de locos! En eso que el Sr. Neira cogió un puntiagudo tenedor empuñándolo a modo de arma y rápidamente le espeté:

- ¿Qué coño va a hacer con ese tenedor? Ni se le ocurra llegar a amenazarnos.

El Sr. Neira lo alzó con la mano derecha y con la izquierda agarró la mano derecha de su mujer y la puso encima de la mesa, y súbitamente le clavó el tenedor en la huesuda mano de su mujer llegando a ser tan fuerte el golpe que dejó el tenedor clavado en la mesa.

- Llora más fuerte ahora, bruja!- le dijo a su esposa y comenzó a reír mientras ordenaba a la criada que fuera preparando el despacho para atender a la familia que le esperaba abajo.

Nosotros, que estábamos acojonados, le increpamos, y mi hermano lo tiró de la silla diciéndole que él no iba a ningún despacho. Por mal que nos sintiéramos por el trato de la señora no podíamos dejar que el loco del Sr. Neira apuñalara a su mujer con el tenedor. Así mientras estaba en el suelo, yo cogí el teléfono más cercano para llamar a la policía. En medio de los gritos de la Sra. de Neira aún se le entendía:

- nooo, nooo, no llames a la policía. La culpa es vuestra.

Maldita loca, pensaba yo, tienes el tenedor clavado en la mano y encima no quieres que avisemos a la policía para denunciar al pirado de tu marido. Inexplicable, todavía alucino. En medio de todo el griterío, se oían venir por el pasillo las voces de los miembros de esa extraña família de fotocopias de humanos que estaban esperando:

- Señor Neira, ¿está usted bién? ¿Nos va a poder atender?- Le preguntaban al anfitrión.

- No es... estoy b..bien - respondía el Sr. Neira con un ataque de ansiedad provocado obviamente por lo malos que éramos nosotros.- Suban , por favor, suban. Estos señores se portan mal, muy mal. - Les pedía el Sr. Neira a los invitados peinados con la raya al lado.

En cuanto subieron dispuestos a no sé qué, nos encontraron en el salón en tan increíble escenario con la señora gritando y sangrando a borbotones por la mano, el Sr. Neira en el suelo entonando un padre-nuestro a grito pelado, la gorda de la sirvienta llorando, yo con el teléfono en la mano y mi hermano no había perdido el tiempo y había vaciado los platos de comida sobre el hijo de puta del Sr. Neira. en un acto de humillación a tal psicópata. En cuanto el padre de la familia rara se acercó en actitud amenazante, le frené su intención de agredirnos, enviándole una silla de una patada que le fue a parar el respaldo contra la barriguilla de tragón. El gordito papá se encogió en cuanto la silla le llegó a la panza. La mamá gordita y el repollo del niño estaban atónitos preguntándonos el por qué le hacíamos esto al matrimonio Neira. Dijeron algo de que el Sr. Neira era muy bueno, era el mejor curandero que había en el mundo, era un trozo de Dios en la Tierra. Si no te digo, el cabroncete! Empresario de la hostelería, la construcción, inmobiliaria y encima... curandero!!! este tío lo tenía todo.

- Pues por mi se puede ir a la mierda el curandero, usted y la madre que los parió. Si a ustedes les gusta que les dé por el caca, allá ustedes, pero este loco de mierda acaba de clavar un tenedor en la mano de su señora. Ahora mismo iremos a la policía.- Le repliqué.

- Nooo, por favor, nooo. No le diga nada a la policía, que le quitarán el título nobiliario- respondió el gordo del papá de la clencha al lado.

O sea, que temía que la policía le quitara el título de marqués al imbécil este y no le preocupaba que en medio de una de sus sesiones de curandero no le diera un arrebato y les clavara un cuchillo sanador igual que había clavado el tenedor en la mano de la loca peliteñida.

A todo esto que les dije a los míos que nos largáramos y avisaríamos a la policía en el próximo pueblo. Así salimos de ese comedor abriéndonos paso pateando sillas y empujando a los individuos que nos estorbaban el paso (el gordo y el Sr. Neira). La mujer del gordo y el niño también gordo se apartaron del camino. Abajo, en el vestíbulo, todavía estaba la vieja que supongo que sería madre del gordo a tenor del vestido, las gafas y el maldito peinado.

El caso es que salimos del palacete de esa gente tan rara convencidos de ir a la policía a denunciar lo ocurrido. Cuando llegamos a la oficina de la policía local del pueblo cercano, allí nos dijeron que dejáramos en paz a la familia Vázquez-Neira y que mejor que nos fuéramos porque era gente muy influyente y los agentes nos advirtieron que ellos mismos nos detendrían acusados de la lesión de la señora si no nos íbamos. Obviamente salimos de la comisaría con la idea de denunciar tal amenaza a una instancia más alta pero cogimos carretera y manta y nos propusimos volver algún día para hacerle la putada final al Sr. Neira pues no podía quedar eso así. Si la ley no nos era favorable para poder pararle los pies al hijo de puta del curandero, íbamos a tomarnos la justicia por nuestra mano para que la cosa no quedara así...

El caso es que pasó el tiempo, tanto como unos diez años. Vas viviendo acordándote de anécdotas vividas: unas más dulces y otras más amargas; y como si fuera un tema tabú, al recordar viejas vivencias con mi hermano, el tema del palacete de la gente rara no ha salido a relucir en nuestras conversaciones... no sé, el mal rollo de ese día se nos puso residente en el hígado más que en el cerebro y no osamos hablar de según que historias, en concreto de esta. Si hoy me estoy decidiendo a poner por escrito la historia desde el anonimato de mi blog es porque el recuerdo de aquel día ha aflorado de manera vívida en el momento en que esta tarde me ha parecido ver al Sr. Vázquez-Neira en el metro de Barcelona. Detrás de las gafas de sol que llevaba estaba él, tal y como lo recordaba, misteriosamente sin envejecer. Sé que él me estaba mirando entre la gente que se apretujaba en el metro y que me escudriñaba desde esas gafas de sol de chulo de playa. Queda pendiente todavía una cuenta que pagar...

Monday, July 01, 2013

El misterio del Sr. Prudencio

Aunque yo trabajaba en un negocio familiar mientras no estaba en el instituto, me veía obligado a trabajar fuera del ámbito de la familia para conseguir dinero extra, concretamente para el viaje de estudios que tenía proyectado para ir al extranjero. Buscando trabajo encontré un bufete de abogados que necesitaban a un joven que repartiera la publicidad por buzoneo. Allí conocí a un personaje de los que sólo parecían estar en las películas: el Sr. Prudencio.

He conocido gente solitaria pero pocas veces he conocido gente que realmente estuviera sola. Sé de gente solitaria, que vive sola por motivos de trabajo o familiares pero, quien más quien menos, tiene su familia en un sitio u otro. Sólo en las películas se veía gente que no tiene a nadie y que se les ve trabajando, divirtiéndose, en relaciones esporádicas propias del guión, pero sin que se conozcan familiares ni próximos ni lejanos. El Sr. Prudencio era un hombre que correspondía al perfil de persona solitaria sin más familia, como si fuera un personaje de película: un quiosquero de Nueva York que aparece asesinado y que a su entierro sólo van cuatro clientes, como el misterioso protagonista veterano del ejército (al cual no se conoce familia) que es llamado a filas después de que haya cumplido en la guerra, ganándose un Corazón Púrpura, y es el único que puede resolver un caso de rescate de militares...

El dueño del bufete me advirtió de que si el Sr. Prudencio venía bebido por las mañanas se lo comunicara. Me contó que en más de una ocasión había llegado con un fuerte olor de alcohol dando la excusa de que "hace mucho frío y me he bebido una barrecha para calentarme". Estos hechos no gustaban a la gerencia del bufete y no querían  dejarle pasar más estos deslices pues ponían en peligro la imagen de la empresa además de la propia seguridad del Sr. Prudencio que no digamos que pudiera tener un accidente al cruzar la calle por ir bebido o protagonizar un episodio violento repartiendo la publicidad del bufete en un portal, etc. Me quedé con estas palabras y empecé mi trabajo con el misterioso Sr. Prudencio.

Cobrábamos puntualmente 2000 pesetas al día trabajando por las mañanas repartiendo la publicidad por el barrio y barrios colindantes del bufete, y todos los días recibíamos nuestro salario por la semana trabajada. Me gustaba el trabajo, me gustaba la libertad de moverme por las calles y conocer la ciudad, ver la variedad de escaleras, apellidos en los buzones, trato esporádico con el mundo, conocer la ciudad desde un ángulo distinto. Era un trabajo tan interesante como el de camarero pero con la ventaja de que te movías e ibas cambiando de escenario sin llegar a aburrirte de estar siempre en el mismo sitio. Además, me sentía bien pagado y pude financiarme el viaje de estudios.

El objetivo era salir por la mañana a la hora indicada y volver al mediodía juntos a la hora indicada. No estaba bien visto por la empresa perdernos, más que nada porque deseaban que el Sr. Prudencio estuviera vigilado. Teníamos un mapa donde se nos marcaba la zona que teníamos que cubrir de publicidad y dejar constancia del número de papeletas que dejábamos en cada portal de cada calle. Al día salían unas 1500 papeletas. La relación con el compañero no me era difícil.pues no era yo persona muy habladora y él tampoco solía soltar prenda. Sí que de vez en cuando sacaba su cigarrillo NB y me decía:

- Yo aprovecho estas calles más pequeñas para... fumar... - y mientras acababa la frase parecía que soltaba el humo del cigarrillo.

Hasta que un día me decidí por tirarle de la lengua y me soltó lo que se estaba guardando desde hacía muuuchos años. Me contó que tenía 56 años y que era natural de Cantabria, y se había dedicado a la minería en sus tiempos mozos. Tenía una hermana con la que se vino a Barcelona pero que no sabía nada de ella. Se perdió el contacto. Él vivía alquilado en una habitación de un piso donde había más gente como él, alcohólicos, drogadictos, ladrones, estafadores de poca monta,... un ir y venir de personajes salidos de las partes más oscuras de la ciudad, pero sin tener que ir a buscarlos a ningún sitio típico como puede imarginarse (Ciutat Vella, La Mina o el Paral·lel). Por lo que me decía, él vivía en el Turó de la Peira. Su vida era sencilla, no tenía nómina, no pensaba en una pensión por jubilación ni se preguntaba por qué no tenía hijos ni qué iba a ser de él cuando no pudiera trabajar. Comía siempre lo mismo, y siempre una vez al día: un arroz con pollo que le preparaban en un bar de Sant Andreu donde se acostumbraba a dar de comer a personajes como él. Un bar que yo me imaginaba que servía de comedor social para marginados en que se solía servir ese arroz con pollo a modo de sopa boba. Con lo que le daba el trabajo repartiendo publicidad se tenía que apañar para poder comer su ración de arroz y su paquete de tabaco NB... ah, y su dosis de alcohol.

Decía estar rehabilitado del alcoholismo pero no era cierto. Se le veía que alguna vez no había comido por gastarse el dinero en bebida. Pero el colmo fue cuando un día le perdí la pista durante la jornada. Le busqué por las calles que teníamos que hacer, las que habíamos hecho y la que estábamos haciendo... ni rastro. No le encontré. Dada la hora fui a la oficina y conté lo sucedido. Mientras los jefes me decían que eso no podía ser nos sorprendió que llegara el Sr. Prudencio con una borrachera como un piano profiriendo todo tipo de insultos. En ese momento ya se le negó la entrada a la oficina y no se supo más de él: allí lo despidieron.

Esto ocurrió en 1993 y no creo que el Sr. Prudencio llegara a ver el fin de siglo.


Saturday, June 01, 2013

El Palo del Curandero

Cierta vez coincidí con un compañero de trabajo que no tenía muchas luces... bueno, era tonto del culo. Este compañero de trabajo, de unos 55 años, no se dejaba sorprender por nada, incluso llegó a comentar que un ordenador no servía para nada, y él solo era capaz de hablar horas y horas sin parar de auténticas tonterías y dando vueltas al mismo asunto. En definitiva: era un pelmazo de cuidado. Pero dentro de sus múltiples puntazos, decía conocer muy bien las personas con sólo verlas venir. Decía que tenía un don especial que le hacía anticiparse a cualquiera. Él decía que su don de conocer a la gente le venía dado por un hecho insólito que le comentó su madre, y es que decía que él había llorado dentro del vientre de su madre. Antiguamente se comentaba que el bebé que se le oía llorar dentro del vientre de la madre, sería un niño con alguna habilidad especial, y fuera de pensar que su habilidad era dar la paliza constantemente y creerse con la verdad y razón absoluta, él decía que su mágico don era poder radiografiar a una persona con sólo tratarle un poco, era un scanner capaz de ver si una persona era de fiar o no... Su historia se puede empezar por este hecho anecdótico o estúpido, según gustos, pero lo que realmente escondía era el caso de... El Palo del Curandero.

Aunque él hacía trabajos como peón de fábrica, vigiliante de parking, conserje de escalera de vecinos, barrendero... siempre tenía un trabajo paralelo en el que podía desarrollar sus poderes, y no sólo en el campo de conocer o no a las personas, sus poderes iban incluso por la sanación. Sí, lectores, el Sr. Vicente era curandero.Si hablando de cualquier banalidad el Sr. Vicente era un plasta, imagínense ustedes si hablaba de sus poderes curativos o, como mejor le gustaba llamarles, sus poderes mágicos. Como buen mago que se consideraba no le podía faltar su varita mágica: un asqueroso palo de unos 60 centímetros de largo y un centímetro y medio de diámetro, que siempre llevaba consigo y que, redondeado por los extremos y muy liso y marronoso de ser manoseado constantemente, bien se veía que se había construido gracias a serrar el cabo de una escoba.

Me contaba de las aberraciones que hacía y que, milagrosamente, pocas veces terminaban en desgracia. Pero si alguna vez había alguna acción que se le fuera de las manos, era tal la fe que tenían sus "pacientes" en él que jamás hubiera existido una denuncia por sus prácticas infames. Sin querer centrarme en un caso particular de los que me contara, sí deseo contarles algunos de los que me parecieron auténticas anormalidades propias de una mente enferma:

Aunque su especialidad era curar contusiones y esguinces, alguna vez venía algún caso un poco más raro pero que solía tener una curación similar: el tontorrón pasaba su palo por la zona dolorida y recitaba un cántico completamente inconexo y sin rima alguna. Con esto y una inmovilización de la zona tratada los subnormales de sus clientes se iban convencidos que se recuperarían: de hecho lo hacían pero no sé hasta qué punto era obra de sus poderes.

Una de las veces que me contó que se encontró un caso difícil es que un obrero de su mismo cociente intelectual le llegó con una lumbalgia bestial. Cuando pasó tres veces el palo por el lomo del obrero y este no obtenía mejora inmediata, le asestó un brutal golpe con el palo en las lumbares y ante el grito desgarrador del paciente, mi compañero no se le ocurrió decirle que ese nuevo dolor era señal de que empezaba a curar, que si no había dolor hubiera sido mal augurio.

Un caso que me heló la sangre fue cuando un vecino le trajo a su mujer por dolores menstruales. No sé si continuar este caso pues me da mucho repelús lo que me contó. Cómo se le ocurre a esa bestia con forma humana meterle el palo por el culo a la señora argumentando que el dolor que viene por detrás del cuerpo se tenía que tratar desde la raíz y que no sufriera el marido porque esa extrema sodomización pues las mujeres están acostumbradas a meterse cosas a diferencia de los machos que son los que tienen que meterlas, y que los gritos que profería la mujer no tenían que ser de dolor precisamente pues el dolor se lo estaba aliviando, dijera lo que dijera la señora. ¡Qué burro!

Al final perdí la pista del Sr. Vicente porque se enfrentó con el jefe después que el jefe se quejara de dolor de cabeza que le estaba causando el imbécil del Sr. Vicente con su verborrea al excusarse de un error y éste quiso aliviárselo con su palo. Claro, sin que llegara a golpearle el jefe le despidió de manera fulminante.

Tiempo después supe que el Sr. Vicente estaba de baja por una enfermedad en el hígado... no sé por dónde se metería el palo para curarse.


Sunday, December 16, 2012

C.E.S.M.A.

¿Qué coño quiere decir C.E.S.M.A.? Es un secreto que Don Eleuterio se llevó a la tumba.

El Sr. Eleuterio regentaba un bar llamado C.E.S.M.A. Lo mejor de todo es que en el rótulo ponía C.E.S.M.A. F.C. (Futbol Club). Los orígenes del bar son confusos y bien merecerían un trabajo de investigación para esclarecer uno de los más grandes misterios del barrio de Torrellobeta (Barcelona).

Autodefensa tuvo mucha relación con ése barrio ya que en uno de los muchos bares de Torrellobeta Autodefensa tuvo su "sede social". Otro día hablaremos de ello, ahora centrémonos en el local sito en la Calle Cartellà.

Los chicos de Autodefensa y su troupe supieron de un futbolín en las proximidades. Un futbolín de putísima madre, cómodo de jugar, donde los muñecos parecían ser una prolongación del jugador. Ese campo de entreno era el C.E.S.M.A. Allí se reunía lo mejor de lo mejor del barrio y de barrios colindantes... Por boca de vecinos de toda la vida supimos algo de la historia del bareto del cual se contaban todo tipo de leyendas y anécdotas, unas divertidas y otras más divertidas aun.

El bar se podía definir como el típico antro. Bareto cutre donde los haya pero con encanto (todo sea dicho). Por los cristales no penetraba mucha luz debido al dedo de grasa que se acumulaba de manera histórica. El bar era rectangular, de unos 50 metros cuadrados y al entrar uno se encontraba con la barra a la izquierda, en medio el futbolín, a continuación la máquina del millón (pin-ball) y al fondo la traga-perras. Suspendido, en el rincón derecho, al fondo estaba el televisor. Todo el bar tenía un aspecto como si fuera la casa de Torrente (sí, "el brazo tonto de la ley"), pero, me repito, con encanto. El C.E.S.M.A. no tenía un gran surtido de productos de consumo. Tenía detrás de la barra unas pocas botellas de vino, coñac, anís,... y en un expositor sobre la barra tenía cuatro latas de berberechos, calamares en salsa americana,... y poca cosa más.

Aunque el bar era propiedad del Sr. Eleuterio también se podía contar a menudo con la presencia de su Sra. hermana (de la cual no recuerdo el nombre si es que alguna vez se mencionó). Recuerdo a Don Eleuterio como un señor mayor de cara redonda, rubicunda, calvo y cuerpo redondo, siempre detrás de la barra del bar, que siempre despedía a sus clientes con la mítica frase "Adiós, hasta luego".
Tenía costumbre de "pelearse" con las pocas botellas que le acompañaban. Mientras los clientes disfrutaban de sus partidas al futbolín era costumbre escuchar un susurro de detrás de la barra. Era como una discusión entre el Sr. Eleuterio y los fantasmas que habitaban el bar desde tiempos inmemoriales. Fantasmas que moraban en las botellas, en la cafetera, en los vasos para el cortado. Las voces psicofónicas que emitía nuestro buen amigo el camarero a veces iban acompañadas de palmadas, golpes sobre la barra, silbidos,... todo métodos de comunicación de ultra-tumba que ponían nervioso al más bravo de los asistentes.

Pero si había algo que a usted, mi querido lector, pudiera poner más nervioso que los fantasmas era sin duda alguna: la bandera de España con el escudo franquista en medio. Don Eleuterio era un nostálgico que no dudaba en invocar a su sagrado Francisco Franco cuando había alguna situación que no le era favorable. Es por todos conocida la vez que, después de una pelea callejera en frente de su bar, Don Eleuterio comentó con la policía: "Con Franco vivíamos mejor y no pasaban estas cosas".

Había un detalle que nos llamaba mucho la atención... ¿Cómo es que el bar no tenía caja registradora? Cuenta la leyenda que un conocido vecino del barrio llamado El Bola entró en el bar diciendo "buenas tardes", cogió la caja registradora y marchó con total impunidad despidiéndose educadamente con un "Adiós". Don Eleuterio, no se sorprendió lo más mínimo ni salió gritando "¡al ladrón, al ladrón!", Don Eleuterio, sin vacilar un momento, cogió un trapo húmedo y se puso a limpiar el polvo depositado en el lugar donde segundos antes había estado la caja. No fue hasta que llegó su hermana que Don Eleuterio se dio cuenta de la magnitud de la tragedia y llamaron a la policía para denunciar el robo.

Un día Don Eleuterio estaba viendo los toros que televisaban con motivo de las fiestas de San Isidro de Madrid, porque sea dicho de paso que a don Eleuterio le gustaban los toros, ya nos había contado más de una vez que él no era persona de fútbol (¿entonces a qué coño venía lo de C.E.S.M.A. F.C.?)... ¿Por dónde iba...? Ah, sí! Estaba don Eleuterio mirando los toros mientras los chicos de Autodefensa se explayaban con las atracciones del bar: futbolín, Pin-Ball, el camarero mismo,... en eso que unos de los miembros fundadores de Autodefensa que en ese momento estaba jugando al "milloncete" (el Pin-Ball) perdió la partida y se le coló la bola, fue tal coraje que le entró al perder de manera humillante que, de la rabia, asestó un sonoro puñetazo sobre el cristal de la máquina de Pin-Ball y, lógicamente, el cristal se hundió quedando roto en varias partes. Durante unos minutos todos los asistentes nos quedamos mirándonos a los ojos, atónitos, por lo sucedido. ¿Todos? No. Don Eleuterio, completamente ajeno a la fractura del cristal, seguía deleitando su afición a los toros con la magnífica corrida que transmitían en directo desde Madrid. Entonces fue cuando el responsable de la rotura del cristal se acercó a la barra para contar lo ocurrido y disculparse:

Autodefensa: Disculpe, Don Eleuterio,... verá... sin querer he golpeado el cristal... y se ha roto.

Don Eleuterio: No, si ya. Si ya te he visto como lo rompías.

Autodefensa: Pero...

Don Eleuterio: ¡Fuera! ¡Fuera del bar! ¡No quiero verte jamás aquí! ¡Largo para siempre!

Al día siguiente Autodefensa en pleno volvió al bar. El responsable de romper el cristal durante dos días ocultaba su cara detrás de la melena y subiendo las solapas del cuello de la chaqueta. Pasados estos dos días de prudencia ya el rompe-máquinas volvió a entrar al bar sin más disfraz. ¿Le había perdonado Don Eleuterio? ¿Realmente Don Eleuterio tenía memoria para retener la cara del delincuente juvenil durante más de un día?

Un servidor tenía por costumbre acercarme a la barra para entablar conversación con Don Eleuterio, por estrechar lazos en algo más que la fría relación únicamente vinculada al futbolín. Así fuí conociendo a todo un personaje con el que se podía hablar de muchas cosas. Fueron históricas las conversaciones que mantuvimos sobre tauromaquia, fútbol, cosas del barrio y, sobre todo, de la buena gente que visitaba el bar. ¿Cuántas veces nos congratulábamos de lo buenos chicos que éramos los que formábamos la pandilla de Autodefensa?

Autodefensa: Qué, Don Eleuterio, qué gusto da cuando el bar está lleno de vida, con buena gente y buen ambiente, ¿eh?

Comentaba yo mientras los demás nos brindaban una partida animada partida al futbolín.

Don Eleuterio: Sí, señor, así es. ¡Qué buena gente que sois! Así da gusto, de verdad.

La hermana: Venga, id terminando ya que tenemos que cerrar.

Don Eleuterio: ¡Calla, mujer, que estoy viendo el futbol! Anda, majos, tomad. Tomad una partida.

Cierto día ocurrió una situación que dejó a los hermanos Autodefensa muy perplejos. Siempre habíamos tratado con Don Eleuterio una relación separada físicamente por la barra del bar. Lo único que veíamos de ese hombre era una cabeza y un tronco más bien redondos y unos bracitos que meticulosamente preparaban vasos de vino, cortados, cafés con leche y otras bebidas propias de un bar. Pero el día que vimos a don Eleuterio fuera de la barra del bar fue toda una revelación. Estábamos ante la visión de uno de los secretos más bien guardados de la historia:

Don Eleuterio tenía piernas.

Me explico. Ya nos imaginábamos que tendría piernas porque se le veía caminar por detrás de la barra mientras discutía con sus etéreos amigos del más allá, pero lo que no nos imaginábamos es que las piernas llegaran a ser tan largas y tan finas como las tenía. Un torso redondo con unas piernas tan flacas le daban una imagen de "chupa-chups", mejor aun... recordaba al mítico Humpty Dumpty. Eso es, parecía un Humpty Dumpty y hoy en día hubiera pagado lo que fuera por verlo sentado sobre la barra del C.E.S.M.A. en lugar de un muro como el original.

Después de algún tiempo sin pasar por el bar nos decidimos a volver y encontrarnos con los viejos conocidos del C.E.S.M.A. F.C. y cuál fue nuestra sorpresa que nos encontramos una persiana bajada. El bar había cerrado sus puertas.

Hoy en día el local permanece cerrado y junto a éste han puesto una tienda de comics donde se organizan partidas de juegos rol. Aun y así creo que la diversión en la calle Cartellà no será nunca más lo mismo sin el futbolín del C.E.S.M.A.

Cuenta la leyenda que Don Eleuterio murió. Esperemos que descanse en paz y de esta manera pueda hacer las paces con los fantasmas que le molestaban mientras trabajaba.

"Adiós, hasta luego."

Wednesday, December 17, 2008

EL MÁNAGER DE ROCK

Volvía yo de trabajar en tren. Me encontraba en un asiento, dentro de un compartimento para cuatro pasajeros de un cercanías, acompañado de una señorita sentada en los asientos de en frente, en diagonal a mi. La señorita parecía completamente ajena a todo a causa de la música de parecía que estaba escuchando con su Walkman. El asiento de delante estaba libre esperando a un pasajero que tenía que llegar en una estación u otra. Unos pocos viajeros más terminaban de llenar el espacio que tenía a mi vista, todo el mundo bien sentado y dejando libres muchos asientos más. El tren se detuvo en una estación de la ciudad de Barcelona. Por la puerta más próxima al lugar donde yo me sentaba entró un señor vestido de manera elegante y que adornaba su atuendo con una pajarita, una prenda que no se suele ver mucho durante la semana laboral y que aquel señor vestía de la manera más natural del mundo, realzando un estupendo bigote. Su aspecto parecía sacado de una novela de Sir Arthur Conan Doyle, recordando a personajes como el Dr. Challenger o el mismísimo Sherlock Holmes. Ese misterioso señor entró de manera elegante y saludó a los pocos viajeros que poblábamos el vagón del cercanías de la siguiente manera: - Buenas tardes y a la paz de Dios a todo el mundo. Curioso saludo, sí señor. Todo un ejemplo de educación que me dejó sorprendido. No pude hacer menos que responder con la misma cortesía con la que se nos había dirigido. El buen hombre se sentó en el asiento que tenía yo en frente y mantúvose distraído durante varias estaciones observando el entorno y analizando a sus compañeros de viaje con miradas bien disimuladas. Por supuesto que reparó en el detalle de mi indumentaria compuesta por pantalón negro y una chaqueta de tipo Cruzada, como la que llevamos los Heavies, Punkies, Rockeros, etc... Este detalle es importante ya que fue el que puso mecha al asunto para entablar conversación conmigo. Para romper el hielo me preguntó usando un catalán macarrónico: 

  - Perdoni, senyor. Té vostè hora bona? (disculpe, señor. ¿tiene usted hora buena?) Yo miré el reloj y le respondí en la misma lengua: 

  - I tant. Ara són tres quarts de vuit. (por supuesto. Ahora son las ocho menos cuarto) 

  - Gràcies. Moltes gràcies. - respondió con voz apacible de persona agradecida. 

 Era un poco ridículo que preguntara la hora porque todas las puertas del vagón estaban dotadas de una pantalla donde se anunciaban las estaciones y cuando no aparecía el nombre de ninguna estación, aparecía un reloj perfectamente en hora (otra cosa es la puntualidad que siguiera el maquinista,...) Al salir de la estación de Barberà del Vallès, el hombre me entró de nuevo. Su prudencia era la misma pero esta vez su petición era un poco más osada, y en esa vez ya se me dirigió en castellano. Vamos a ver qué me pidió: 

- Perdone, caballero. Verá, yo pertenezco a una sociedad cultural que promueve las actividades para jóvenes y en nuestro centro tenemos un colectivo de trabajadores de la construcción que forman un grupo de Rock. En pro de poder financiarse los instrumentos y los discos, están preparándose para una pequeña gira que les llevará a dar varios conciertos por tierras de Castilla y León, visitando una serie de pueblos que se encuentran preparando sus Fiestas Patronales. Por esto, y disculpe mi osadía, estoy mirando de ayudarles recaudando fondos. ¿Sería usted tan amable, ya que también debe ser roquero, en realizar una pequeña aportación económica? Por poco que sea, siempre será bien recibida una ayuda.

Yo le contesté: 

  - Disculpe, caballero. Valoro mucho su osadía y créame que sería para mi un honor poder contribuir a tan noble causa como es la de ayudar a unos hermanos, ya no sólo por ser humanos, si no por pertenecer a la familia de los roqueros, que somos muchos y tenemos que ayudarnos entre nosotros. El caso es que no me es posible hacer ninguna imposición económica. Créame que de verdad lo siento. 

- Me excusé, desconfiando del olor a alcohol que me empezó a venir desde el asiento que él ocupaba. 

  - Pero, ¿me dirá que no puede colaborar ni con veinte duros? - Me insistió.- Sepa que es algo que agradecerán mucho dado que son obreros como usted y como yo, sin apenas recursos para poder seguir adelante en sus proyectos musicales. Su método de financiación se ciñe a las aportaciones desinteresadas de gente que comparte sus inquietudes, y su ayuda es primordial para que puedan abrirse camino en el duro mundo de la música. Una gira por Castilla León está en juego, todo un trampolín a nuevos escenarios. 

  - De verdad, buen ciudadano. Aplaudo su iniciativa y me pongo en su lugar ya que yo también soy músico y entiendo lo duro de este oficio si no hay padrinos. Pero corren malos tiempos de crisis económica y me encuentro más tirado que una colilla. 

- Me volví a excusar. De repente, miró a la señorita de los Walkman que parecía ajena a la conversación aunque lo estaba oyendo todo, por la delatadora sonrisa que describía su boca. Se estaba haciendo la dormida y tenía la música suficientemente baja como para oir toda la banda sonora de la escena que protagonizábamos el señor de la pajarita y quien escribe. 

  - ¿Y usted, señorita? No le apetece colaborar en un acto de solidaridad para nuestros vecinos los roqueros. Con veinte duritos estarán muy contentos. 

 Entonces la chica respondió: 

 - Estará usted contento con los veinte duritos para el vino, eh? Que ya le tengo visto yo a usted del centro, visitando los bares y pillando la taja a base de vinillos.

- ¿Pero cómo me dice eso, señorita? - Respondió con gran sorpresa el hombre de la pajarita. ¿Qué me está diciendo?

La chica no paraba de sonreír mientras le adivinaba al señor sus verdaderas intenciones, dejándolo en evidencia por su afición al licor. El hombre vio que ya estábamos parados en la estación donde debía apearse y se levantó alegremente y se despidió del vagón entonando una melodía que adornaba sus palabras de despedida:

- Adiós, buenas tardes. Que tengan todos un feliz día!!! 

 A todo esto... ¿Qué podría añadir? De verdad que me sentía ciertamente ligado a los supuestos trabajadores de la construcción que tenían un grupo de rock. Pero creo que me siento un poco más ligado al señor locuelo. No por gustarle el pipiriripipí-de la bota empinar-pararápapá si no por la historia que se montó para poder pedir veinte duros para, en realidad, tomarse un vinillo. 

Sí, amigos lectores, yo soy un peliculero. Hago este fanzine de lo chorra con las historias que me pasan, las que me invento, las que me invento que me han pasado, y las que me pasan pero que acostumbro a inventarme cómo pasaron... y en todos los casos debo admitir que de lo peliculero que soy me he llegado a inventar tonterías similares a las del señor del tren. Incluso, ahora confieso, en la vida real he tenido que meter mucha fantasía en forma de bonito relato. Si llegara yo a poner sobre el papel (o pantalla) las historias que he llegado a contar Blogspot se quedaría sin bytes para albergar El Blog de Autodefensa. Por suerte, no tengo tanta memoria como imaginación y se me suelen olvidar casi al momento. Para terminar quiero comentar que sí me siento muy hermanado con aquel tarado y que, aunque a mi no me mole tanto la priva, sí que me mola inventarme todo tipo de historietas como la que les acabo de contar... o tal vez no me la haya inventado... Da igual!

Sunday, December 07, 2008

EL CARTERO FEO

Durante un tiempo por motivos de trabajo estuve comiendo en un bar que había cerca del lugar donde desempeñé mi labor. El bar era pequeño y lo llevaban entre dos jóvenes amigos.

En las cercanías había una oficina de correos cuyos trabajadores, al terminar la jornada, solían acerarse al bar a tomar una cervecita. El elenco de personajes que formaban los trabajadores de correos era de lo más variopinto pero destacaba el hecho que no había ninguno que correspondiera a un perfil normal de ser humano: eran todos/as muy feos/as. Me parece que en la selección de personal era obligado ser desaliñado y FEO.

Las maravillosas criaturas que formaban el equipo de carteros eran singulares y, evidentemente como ya he dicho, feas. Habían ejemplos de fealdad para todos los (dis)gustos. Aunque me dirán ustedes: y tú eres un Robert Redford, ¿verdad?. Pues no, no soy ningún Robert Redford pero no me veo tan feo como lo eran aquellos carteros y carteras que pienso yo que lo tendrían muy crudo para entrar a los portales para repartir el correo en los buzones. ¿A ver quién era el listo que dejaba entrar a su casa a cualquier engendro con el pretexto de firmar un certificado?

Había uno que levantaba un metro y medio del suelo, de pelo revolucionado y bigote como el de Azkarorta. Otro que parecía que llevaba gafas para que no se le cayeran los ojos al suelo. Otro que carecía de músculos faciales desde la mandíbula superior hacia abajo, y el labio inferior le quedaba completamente caído dejando al descubierto la dentadura. Una cartera que parecía que se hubiera limado todos los dientes en forma de punta y le quedaba la boca como una sierra... Algo común a todos ellos es que parecía que se hubieran peleado con el peine: todas las cabelleras eran batallas campales entre los pelos.

Ante tal desfile de artistas de circo de los años 1900 la reacción inicial era la de echarse a correr por miedo a que no estuvieran vacunados, pero daba gusto verlos cómo se divertían y se contaban sus anécdotas en un ambiente laboral digno de envidia, sin malos rollos y con una cordialidad ejemplar.

En una ocasión vi cómo uno de ellos, que iba vestido con una camisa de leñador, contaba una historia gesticulando de manera exagerada como si fuera el mismo Charles Manson. Sus compañeros seguían la narración con una expectación tal que hacía que no perdieran detalle, riendo a cada palabra o gesto gracioso del conferenciante. El del labio sin músculo estaba tan metido en la historia que contaba el de la camisa de leñador y, sin darse cuenta, bajó un poco más el labio inferior de manera que se le cayó un salibajo de 50 mililitros que fue directamente a parar a su pantalón. El salibajo se formó en el labio inferior y allí se acumulaba como si fuera un recipiente. El peso de la saliba aumentó a medida que formaba y el labio inferior cedió. El resultado es el que les he contado. Una baba tsunámica aterrizando sobre la pernera del pantalón tejano. Me reprimí la risa mientras observaba cómo bajaba lentamente la mirada a su pantalón y cogía una servilleta de papel para limpiarse la bochornosa mancha de saliba. Cuando se levantó se percató que la visible mancha parecía producto de una enúresis.

Llegó el momento de marchar y la cartera de los dientes puntiagudos, mirando el paquete del del labio flojo, se fijó en la mancha de la saliba y puso en conocimiento de todos que el compañero parecía que se hubiera meado. Todos echaron a reír. El del labio flojo en principio decía que no pero al poco empezó a carcajearse con los demás con el buen humor de saber reírse de sí mismo. El de la camisa de leñador increpó en medio de las risas a la de los dientes de sierra preguntándole que qué es lo que pretendía mirar cuando descubrió el salibajo:

- ¿Y qué es lo que estabas mirando para ver la mancha de la saliba? ¿No será tuya la saliba, eh? JAJAJA.

Todos continuaron riendo de manera incontrolada. Entre tanta risa y cacareo, las mujeres del grupo de vez en cuando entonaban un UUUUUUUUUUUUUUUUU!!! al más puro estilo de señora de 50 o 60 años que no se aguanta el ataque de risa. Era bastante habitual que su buen humor y buen rollo se descontrolara dando como resultado un gallinero de 110 decibelios difícil de controlar por los camareros que, impotentes, veían cómo algunos de los clientes -vamos a llamarles- normales dejaban de asistir ya que la visión de alguno de los carteros le hacía quitar el hambre.

El grupo estaba tan bien avenido que seguro que su relación se llevaba más allá del trabajo y los propios compañeros de la oficina eran los mismo que podían formar parte del grupo de amistades fuera del ámbito labora. Su buena relación hacía suponer que incluso mantuvieran relaciones sexuales liberadas y que los flirteos de la de los dientes de sierra no producían celos entre las demás compañeras. Allí parecía todo muy hippie. No quería ni imaginarme cómo pudiera ser una escena en la que los mismos compañeros habían quedado un domingo por la tarde para ver el fútbol en casa de uno y que se desmarcaran dos parejas para hacer guarreridas españolas en habitaciones de la casa. Tenía que resultar muy gore comprobar (o imaginar) al del labio flojo soltando un salibajo en toda la cara de la de los dientes serrados después de pegarle un morreo de película.

Yo dejé de ir por el bar a las pocas semanas ya que terminé mi misión en aquel barrio. Creo que todavía deben trabajar allí y continuarán yendo por el bar. No sé. Será cuestión de un dia ir a comprobarlo, aunque debo admitir que me ha costado mucho sacarme de la memoria la saliba cayendo sobre el pantalón y el posible morreo entre la de los dientes y el salibero, es por eso que me corto mucho de ir a ese bar ya que aflorarían recuerdos que me abrirían heridas en mi memoria.

Heridas muy gores. slurrrp!

Sunday, November 30, 2008

FRANKFURTS, TAPAS Y PLATOS COMBINADOS (6)

El ávido comedor de croquetas

Tal y como les anunciaba en el post anterior, reemprendo esta estupenda serie de temática grastronómica con otro puntazo derivado de mis experiencias como profesional de la hostelería.

Esta vez voy a centrarme en otra desventura del ser humano de hambre sin fin. El mismo protagonista de "El bocadillo de Mortadela" tuvo la mala suerte de ser cliente habitual de un camarero burleta que sólo hace que recordar las paridas que se sucedieron en el tiempo que trasncurrió como camaruta en su trayectoria profesional.

Un buen día nuestro glotón cliente entró con un ligue.

¡Hombre! - exclamamos todos - ¡por fin se ha echado novia! A ver si así sienta la cabeza.

Su compañera se propuso enderezar a nuestro amigo en el buen camino de la vida, empezando por ponerlo a régimen para que perdiera unos kilos y mejorara sus hábitos alimentarios para llevar una dieta más sana y equilibrada. Una tarea extremadamente difícil.

La feliz parejita cenó algo ligero porque tenía intención de retirarse pronto, supongo que para hacer un poco de ejercicio y no gimnástico precisamente, pero decidieron rematar la velada con unas copas. Así pues, se pidieron un pelotazo cada uno. No sé si fue que, por haber comido poco, el pelotazo se le rebeló dentro del estómago e hizo que se le abriera el apetito de manera terrorífica, aprovechando la mínima oportunidad que tuvo para darse una dosis de satisfacción gástrica. Veamos cómo fue:

Ella: Me voy al labavo un momento.

Él: Vale.

Ella: Camarero. Vigílame que no coma ni beba nada más, que ya ha tragado bastante.

Camarero: No se preocupe, señorita. Su acompañante permanecerá en inanición.

Ella: Eso espero.

En seguida que la chica se metió en el labavo, él se acercó a la barra y pidió cuatro rollizas croquetas que ya tenía pipeadas desde que había entrado en el bar y que no había pedido porque no "eran de régimen". Apetitosas croquetas de pollo rebozadas de manera artesanal, como todo lo que se hacía en aquel bar. Le ofrecí calentarlas en el microondas, cosa que nuestro glotón profesional rechazó para no perder tiempo, y sentado en un taburete enfrente del surtidor de cerveza, se las metió todas en la boca quedándose en con las manos juntas delante de la boca mientras disimulaba los movimientos de mandíbula que le permitían masticar las cuatro croquetas (juntas podrían pesar unos 200 gramos). Su compañera salió del labavo y vió a nuestro gordo amigo en una posición que más bien podía recordar a alguien que estuviera rezando delante del surtidor de cerveza.

Ella: ¡Qué! ¿Qué coño haces ahi? ¿Ya estás comiendo?

Él: mmffNo... mmf. - respondió con la boca llena.

Ella: eres incorregible. Glotón! Más que glotón!

Él permaneció en total silencio con la cara toda roja, más que de vergüenza, por el principio de atragantamiento que parecía que iba a suceder.

La mujer, cabreadísima, volvió al labavo no sé a qué, y él aprovechó esa nueva ausencia para tomarse un "cubata-express". En menos de lo que canta un gallo me pidió un Gin Tonic, se lo serví y él se lo bebió de un trago como si viniera del desierto del Sáhara.

Ella salió de nuevo del WC y ordenó al cerdo humano pagar la cuenta y marcharse.

Al cabo de media hora volvió nuestro cliente preferido. El mosqueo de ella hizo que no hubiera remate de la velada y esto hizo que el hombre se decidiera a terminar la noche con un placer aun más grande que un polvo. ¿Que qué dijo en cuanto entró?

Él: VENGO A COMEEEERRRR!!!!

Su rápido ojo para todo lo que era papeo estaba perfectamente entrenado con memoria fotográfica y nos dijo que ya había visto cómo metíamos una ensalada de alubias con tomate, cebolla, pimiento y atún (un empedrado) en la nevera expositora de la barra del bar. Su mente criminal había retenido esa imagen y fue devorando, tapa a tapa, la ensalada hasta dejar la bandeja de kilo y medio completamente vacía. ¡Y además con pan!

Cuentan los vecinos sobre el ataque de pedorrera que se oyó en su piso durante aquella noche. Un ataque de pedorrera que arrastró varios días, por lo que tuvimos noticia por él mismo, cuando nos contó que se le escapó un silencioso pero letal pedo en un autobús y todos los viajeros echaron la culpa a otro señor al que expulsaron del vehículo de transporte publico acusado de marrano, cuando fue nuestro cliente el que, callado como un puta, eliminó aquel demonio en forma de pedo.





El caso de los Trinaranjus






Y es que son unas cuantas anécdotas más las que podría contar sobre este singular personaje y las grandes cantidades de alimentos y líquidos que era capaz de ingerir. Podría contarles que en una mañana de sábado de verano, apretaba el calor y entró nuestro glotón cliente para refrescar el gaznate:


Él: Buenos días. ¡Qué calor que hace! Ponme, por favor, una cervecita.


Yo: Buenos días. Con mucho gusto.


Después de meterse tres cervezas no parecía que la sed se terminara y decidió beber tres botellines de CocaCola y, como el calor persistía en su garganta, mi padre le recomendó:


Padre: Oye, en lugar de seguir metiéndote cervezas a las 11 de la mañana ¿por qué no te bebes un Trinaranjus? El trinaranjus es refrescante y ni te emborracharás ni te llenarás el estómago de burbujas.


Él: Bueno. Vamos a probar esto del Trinaranjus.


Ni que decir tiene que este señor no tenía mesura alguna con lo que era el verbo ingerir. Se llegó a meter hasta 18 Trinaranjus seguidos. El líquido de las botellas de Trinaranjus entraba en su estómago de un sólo trago y el espacio de tiempo que había entre botella y botella era sólo cuando él decía:


Ponme otra.


Ahora analicemos la ingesta con números:


Si cada botella de Trinaranjus contiene 20 cl, los botellines de CocaCola tienen también 20 cl. y las de cerveza eran medianas de un tercio de litro, ¿Cuántos litros de líquido se metíó en el plazo de una hora? ¡¡¡fue un total de 5 litros de líquido!!! Y ENCIMA PÁGALO! La broma, tratándose de aproximadamente el año 1994, le salió por casi 3.000 pesetas (el botellín de refresco se pagaba igual que el tercio de cerveza: unas 125 pesetas). Las 3.000 lentejas son 18 € pero por el crecimiento económico si vas a un bareto y te tomas todo lo que se tomó el colega cuenta que como muy barato te tendrías que gastar al menos un euro por botellín. Así digamos que 18 de Trina, 3 de ColaCola y 3 de birra, a un euro cada botella: 24 Eurazos, el equivalente a 4.500 pesetas. Pero, claro... los cálculos los he hecho a la baja ¿A ver en qué bareto te tomas una birra por 1 euro? Obviamente, hoy en día está todo mucho más caro y ya con un café au lait se te van 1.20€; ¡doscientas pelas, tío!


En este caso la culpa de todo no fue de su sed, no fue de su ansia por introducir cosas en el estómago, no fue ni mucho menos culpa de mi padre quien le dio la idea del Trinaranjus. La culpa fue del propio Trinaranjus que por ser dulzón, fresquito y sin burbujas, hace que te entre como si fuera agua y ni te des cuenta.


Las burbujas en un refresco pueden servir como freno para evitar la ingestión descontrolada de líquido. A veces -no sé si les ha pasado a ustedes- pero al recién abrir una botella de ColaLoca y meterle el primer buche, el exceso de burbujas súper-rabiosas ha hecho que no me pudiera meter un trago guapo, teniendo forzosamente que tomar buches más pequeños para evitar que una invasión ofensiva de burbujas me colapasara el estómago hasta el punto que pudieran bloquear mi cárdias impidiendo la llegada de más líquido hasta que el gas no fuera expulsado en forma de sonoro eructo.



Hasta el siguiente artículo.

Tuesday, June 24, 2008

LA CABAÑA DEL INDIO

A más de uno le puede sonar este título a una aventura tipo Tom Sawyer y Huckleberry Fynn. Pues lo que van a leer es la historia de una leyenda viva de un pueblo en el que pasábamos los veranos haciendo toda clase de gamberradas.

Por aquel entonces nos divertíamos con las bicicletas y éramos ávidos tragadores de helados aunque ya le habíamos encontrado más el gustito a la cerveza y a los cigarritos. Nuestras aventuras iban más allá de los confines del pueblo y nos atrevíamos a traspasar los límites municipales por las más peligrosas carreteras de curvas y por tortuosos caminos de montaña.

Una vez, después de pedalear durante horas, llegamos a un riachuelo que se podía atravesar por una zona de muy poca profundidad. Y como por este paso discurría el camino que íbamos siguiendo, decidimos traspasar el río. Aflojamos la marcha de las bicicletas para no resbalar mientras atravesábamos el río. En la otra orilla, oculta tras unos árboles, vimos una cabaña construida con materiales diversos que bien le daban el aspecto de una chabola. Anexa a la cabaña había un cercado de tela metálica donde se veía correr a unas cuantas gallinas de aspecto enfermizo. La imagen general de aquella construcción era más propia de un documental sobre el cuarto mundo. Por la presencia de las gallinas intuíamos que en esa cabaña había gente, si más no en ese momento parecía que no había nadie.

Muertos de curiosidad nos acercamos para ver de cerca aquella misteriosa cabaña de la que jamás habíamos tenido noticia no estando esta muy lejos del pueblo donde pasábamos las vacaciones de verano. Al aproximarnos a la fea construcción a base de retales de diversas cosas, descubrimos que se encontraba vacía en ese momento y echamos un vistazo general, mirando de cerca las famélicas gallinas, chapas que formaban paredes, uralitas que remataban el techo y, por supuesto, nos inclinamos sobre un sucio ventanuco para ver el interior.

A través de una polvoriento cristal roto vimos que en la casa debía estar habitada habitualmente dado que tenía una mesa con un plato con sus restos de comida reciente, de refilón se veía una cocina y, entre otras cosas, una cama desecha de la cual parecía que habían estado durmiendo la noche anterior. Toda la casa echaba un hedor lo más parecido al de unos huevos podridos. Una peste que nos irritaba la pituitaria despertando en nuestro cerebro un maldito recuerdo odorífero que no habíamos experimentado desde hacía años.

De repente, un fuerte ladrido nos asustó. Un perrazo enorme nos estaba ladrando desde detrás de unos árboles. Junto al perro se oyó la voz de un hombre mayor que decía:

Calla, perro asqueroso. ¿Es que hay alguien?

El perro vino corriendo emitiendo ladridos a nosotros y, despavoridos por la repugnancia del tono de voz de aquel hombre, salimos pedaleando lo más rápido que pudimos.

Ya por la noche nos encontramos con Juan Carlillos, un gamberrete de la capital que acababa de llegar al pueblo a pasar las vacaciones depués de haber estado una semana de ruta por Méjico (o eso era lo que nos dijo). Juan Carlillos nos contó las aventuras que nos habiamos perdido después de unos meses sin haber coincidido y así nos pusimos al día de lo que habiamos vivido durante el año. Entre otras cosas nos contó que le había visto el felpudo a su novia en los labavos del colegio y nos contó que era "todo peludo".

Después de meternos una litrona y fumarnos unos Lucky Strike en el bosquecillo nos fuimos a casa de un amigo para sentarnos alrededor de una mesa a jugar a las cartas en el garaje y seguir hablando. En eso que, de los 5 que éramos, dos estuvimos en la cabaña y decidimos contar lo que habíamos visto. No omitimos detalles en calificar como muy misteriosa la presencia de aquella cabaña y sus asquerosos habitantes: gallinas enfermas, un perro rabioso y un hombre de voz como... viscosa. JuanCarlillos que todo y tener sólo 13 años tenía ya mucho mundo corrido, nos comentó que, por los detalles que aportábamos, se trataba de la CABAÑA DEL INDIO. Nos quedamos muy sorprendidos ya que no habían indios en ese pueblo, los indios estaban en América. Juan Carlillos nos aclaró que el término Indio se lo había ganado ese señor por su tonalidad de piel y aspecto facial ya que, todo y ser caucásico, parecía amerindio y por esto la gente lo conocía como el Indio.

Juan Carlillos, que era un peliculero de cojones pero no dudamos nunca de su sinceridad, nos contó las peripecias del Indio y por qué vivía en esta especie de granja de construcción tipo chabola. Por lo visto el Indio se había ganado la mala fama de haber matado niños y se había forjado la leyenda de que incluso comía carne humana. Vivía apartado del pueblo porque hacía muchos años cometió un asesinato y fue encarcelado durante 15 años en los que fue expuesto a todo tipo de torturas. Cuando salió de la cárcel volvió al pueblo donde siempre había vivido pero al recibir el rechazo de sus vecinos se vio forzado a vivir apartado del nucleo urbano llevando una vida de subsistencia a base de consumir la leche que le daba una cabra, agua del río, huevos de gallina y todo lo que encontraba por el bosque. Todo, quería decir todo. Si algún niño curioso se acercaba a la cabaña primero se quedaba con su cara. Si el niño tenía el valor de ir otra vez, le podía amonestar verbalmente con toda una colección de perjurios que harían enfermar a cualquiera. Pero si alguien tenía el suficiente valor de ir de nuevo a molestarle en su lugar de ermitaño retiro, era el momento de formar parte del complemento de su dieta de caza y recolección.

Ante tal relato nos quedamos con ganas de ir a ver de cerca a tal caníbal. Al día siguiente nos acercamos todos a la cabaña del Indio. Allí, escondidos detrás de unos arbustos, vimos que estaba arrojando una serie de huesos largos dentro de un bidón de aceite que en cuya superficie requemada aun se podía leer la marca CEPSA. Acto seguido aquel ser vertió en el bidón un cubo de agua y una serie de polvos que nos daba la sensación de que se estaba preparando un caldo pero ni más ni menos que en un bidón de aceite para motores. Cuando nos percatamos de las dimensiones de los huesos no pudimos pensar otrea cosa de que se trataban de huesos humanos. Aquel hijo de puta se estaba preparando un caldo de persona. Pueden ustedes imaginarse cómo nos sentimos. Yo noté como si una mano invisible me agarrara el estómago por abajo y otra me apresara el esófago impidiéndome que pudiera vomitar. Pese el calor del verano y las amenazas de incendios forestales, aquel hombre encendió la fogata para calentar el caldo humano que se cocería en el bidón de CEPSA. El más pequeño de nosotros no pudo más y marchó corriendo y llorando a moco tendido en un ataque de pánico, lo que provocó que el Indio se percatara de nuestra presencia y mandó al perro a espantarnos o a cazarnos, yo qué sé. Cogimos las bicicletas y salimos pitando.

La verdad, al salir de aquel escenario, no recordábamos si estábamos en la fase en que "se había quedado con nuestra cara" o si ya nos había lanzado la maldición con una colección de insultos y perjurios ya que corríamos y gritábamos, y no alcamos a oir más que una voz viscosa pronunciando no sé qué discurso. Este punto era importante ya que de ello dependía una tercera visita.

Después de mucho pedalear, finalmente llegamos al bosquecillo donde usualmente nos bebíamos nuestras litronas y procedimos a encender unos cigarritos por el hecho de que nos relajaríamos si fumábamos un poco. El humo de aquel cigarrillo fue el más malo de mi vida. No podía saborear el humo del Lucky porque se me mezclaba con el nauseabundo hedor de la cabaña del Indio. Hedor que llevaba yo impregnado en la camiseta. No creo que estuviéramos tanto tiempo en las cercanías de esa choza, pero por poco rato que estuviéramos, los vapores del caldo fueron suficientemente nebulizados como para llegar a nosotros, por la acción del ligero viento, y alojarse en nuestras ropas.

Hicimos un poco de reunión acerca de lo ocurrido y nos dijimos de no volver jamás a aquella cabaña. Pero el morbo era tal que nos llevó a acercarnos una vez más, pero esta vez advirtiendo que quien tuviera miedo sería mejor que se quedara en casa.

Ese mediodía ninguno de nosotros comió. En casa, nuestros respectivos padres se quedaron muy desconcertados y no daban crédito a que sus hijos no probaran bocado ni bebieran un sólo vaso de gazpacho. Lo que presenciamos aquella mañana nos había quitado el apetito pero nos había dejado con otro tipo de hambre. El hambre de volver a observar qué es lo que hacía el Indio en esa cabaña. Ya me dirán ustedes qué es lo que nos llevó a volver a esa cabaña, a volver a mirar a nuestro miedo cara a cara. ¿Qué le haríamos? ¿Qué nos haría si el Indio nos pillaba de nuevo? Nosotros, unos niñatos que fumábamos y bebíamos cerveza de escondidas, que nos dedicábamos a saltar a los huertos a coger manzanas, melones y pimientos sin tener la necesidad real de "tomar prestado" nada ya que en casa nunca faltaba el plato en la mesa, ¿qué nos impulsaba a introducirnos en casa del Indio más cuando no tenía nada él que nos pudiera interesar y no resultaba nada atractiva la idea de encontrarnos con ese humano por los peligros que supuestamente corríamos en caso de ser alcanzados? Nada, nada. Todo y en lo que ahora estoy reflexionando, creo que lo mejor de todo era observar. No observar su casa, su persona, sus enfermas gallinas o su maloliente caldero de refinería petroquímica, lo importante era observar nuestra reacción y nuestro miedo.

Así pues, esa misma tarde nos volvimos a reunir con nuestras bicicletas y pedaleamos hasta las inmediaciones de la casa del Indio. Desde el riachuelo vimos que se alejaba de la casa con una hoz y un capazo y su perro caminaba con su mismo ritmo unos diez metros por delante de él. Cuando ya vimos que se había metido en la espesura del bosque decidimos avanzar y acercarnos a la cabaña. Esta vez, tentando a la suerte, los cinco que fuimos nos armamos de valor para profanar esa casa de los horrores que era la cabaña, penetrando por el corral donde estaban aquellas muertas-vivientes gallinas. No resultó difícil entrar en la cabaña puesto que la puerta carecía de cerradura y quedaba entreabierta. Y es que, visto así, ¿para qué quieres poner cerradura en tu casa si nadie se atreve ni a acercarse?

Dentro de la cabaña descubrimos que se trataba de un sólo habitáculo con los enseres que ya he descrito: una cama desecha, una mesa, todavía estaban los restos de comida otro día, etc... pero vimos cosas nuevas a nuestros ojos. Esta vez no fue mi estómago sinó mi corazón, y como el mío el de los demás, el que fue apresado por aterradoras manos invisibles al ver con mis propios ojos, sobre la encimera de una vieja cocina a butano, la cabeza de una cabra con los ojos desorbitados. Esa cabeza estaba infestada de moscas por todas partes: ojos, lengua y sobretodo por el cuello en donde se había coagulado la sangre del animal. Nos dijimos que era momento de salir corriendo de esa maldita cabaña. Ya habíamos visto suficiente. Era preferible que nos quedáramos con las ganas de saber para qué tenía la cabeza de la cabra pudriéndose sobre la cocina a que nos pillara husmeando en su casa. Pero era demasiado tarde. En el momento que salíamos del corral el Indio estaba a 20 metros de la entrada con lo que nos pilló de marrón y soltando el capazo lleno de hierbajos, enarboló la hoz a la vez que empezaba a correr hacia nosotros gritando no se qué frases que no llegamos a entender dado que su viscosa voz no nos permitía distinguir ni una sola palabra más allá de Ah! y Oh! como si tuviera la boca llena de blandi-blub. Su perrazo, lejos de empezar a correr hacia nosotros, se volvió histérico y no hizo otra cosa que empezar a dar vueltas sobre sí mismo ladrando y tratando de morderse el rabo e hizo que el Indio, en un arrebato de locura, le diera una fuerte patada, que lo desplazó un metro, mientras le ordenaba que nos persiguiera.

No habíamos empezado a levantar las bicicletas del suelo que parecía que ya teníamos al Indio encima nuestro. Y era por la fuerte peste que desprendía, no sólo la cabaña ni las gallinas enfermas, ya era su propio olor putrefacto que supe que ya estaba más cerca. Pudo prender de la camiseta a uno de nosotros haciendo que nos mostrara su cara de poco aspecto amerindio pero con una barba de pelo rebelde de color plomo con trazos amarillos de nicotina en la parte de la boca y nariz, y con una asquerosa espuma en la comisura de los labios.

Finalmente, tras un forcejeo del chaval y unas pedradas por parte de los que estábamos fuera de alcance, logramos zafarnos de las manos del Indio y huimos pedaleando lo más que pudimos. Una vez ya llegamos a nuestro bosquecillo secreto nos sentimos a salvo pero del nerviosismo que teníamos en el cuerpo no logramos ni encender un sólo Lucky. Y de bien poco nos hubiera servido un cigarrillo. Hubiéramos necesitado un Valium10 para sosegarnos.

Decidimos no visitar jamás a la cabaña del Indio y se puede decir que no volvimos a mencionarla hasta el punto de que la aventura se conviertió en tema tabú. Era más que evidente que ya habíamos pasado por la segunda fase de su ritual de caza y ya no sólo se había quedado con nuestras caras y nos había bendecido con sus palabras, si se nos ocurría acercarnos una vez más ya nos podíamos considerar su cena. Aun hoy, veinte años después de los hechos, estoy seguro que si me acerco a la cabaña del Indio, él me reconocerá.

Monday, June 09, 2008

FRANKFURTS, TAPAS Y PLATOS COMBINADOS (5)

La comida del IKEA

Saludos a todos mis hambrientos lectores. Se pensarán ustedes que soy un glotón, pues no van mal encaminados. Como ya comenté en el artículo "El Buffet Libre", me gusta comer y en grandes cantidades. Como ya se pueden imaginar ustedes, si han leído el post que antes les mencionaba, me gusta la comida exótica, sabores que no tengo la oportunidad de experimentar en mi día a día, y siempre que puedo gusto mucho de comprar algo de lo que no es convencional en mi dieta diaria.

El artículo de índole gastronómica de hoy lo voy a dedicar a la comida que sirven en el IKEA. A ver, a mi mujer le encanta el IKEA, sus diseños, pasar el rato mirando muebles, comprando cosas que luego me toca montar a mi. Pero el chuparse el recorrido de los pasillos del IKEA, con el mogollón de peña comprando o, simplemente mirando muebles por pasar la tarde, tiene su recompensa: LA TIENDA SUECA y la CAFETERÍA.

EL HOT DOG IKEA

¿Quién se puede comer un perrito caliente por 0.50€? Vale que no son muy grandes, pero con 2 euros te puedes pegar una merendola guapa, eh? Vamos a describir un poco lo que dan de sí estos bocadillos de Frankfurt a la sueca.


Los frankfurts del IKEA son de unos 20 cm de largo y tienen un diámetro de 1,5 cm. Vienen en unos bollos que pese a ser mucho más pequeños que el frankfurt tienen la medida proporcional justa para que no interfieran en el maravilloso placer de comerse una salchicha de frankfurt con acento sueco. Y digo que no interfieren ya que muchas veces el bocadillo, todo y que es un completísimo gran alimento, puede resultar un nefasto combinado gastronómico por culpa de un exceso de pan que no permita saborear el maravilloso contenido. Por eso quiero remarcar la importancia de que la salchicha sea más larga que el pan y éste sea más bien blandito.


Observemos que las características físicas de la salchicha son de unas dimensiones ideales para permitirnos el lujo de añadir otros aditivos al bocadillo sin el peligro de que se nos desencajen las mandíbulas en el momento de la ingesta. Me refiero a que al ser de un diámetro más bién pequeño, podemos añadir otros ingredientes que encontramos en las otras modalidades del Hot Dog de IKEA y que estudiaremos más adelante.


La carne de los Frankfurts no tiene que importarnos mucho ya que no tratamos amenudo con comida de 50 céntimos el bocadillo y, por tanto, para no llevarnos ningún susto, mejor no nos metamos en qué tipo de carne es. Seguramente sea de cerdo, como todas las salchichas de frankfurt son originalmente, pero por este precio no nos extrañe que algún día descubramos que se trata de un combinado de carnes que no son habituales en nuestra cultura (perro, rata, persona). Sea la carne que sea, la salchicha IKEA está buena y seguro que conserva todas las propiedades organolépticas exigibles a un producto de su categoría. Por esto, no digo que sea una salchicha con la que prevendremos la aparición de escorbuto. No, eso no lo puedo decir porque la enfermedad del escorbuto aparece cuando no se ha ingerido Vitamina C durante largo tiempo, y esta es una vitamina que se encuentra en las frutas y las verduras principalmente... Pero, pese a esta carencia de vitaminas en los preparados cárnicos, la salchicha IKEA es una fuente inigualable de proteina animal a la vez que de lípidos, estos últimos tan necesarios en la formación de la barriga cervecera del bon vivant.


En el proceso de elaboración de todo embutido cocido es emplea la carne debidamente picada hasta su conversión en pasta cárnica para moldear en forma de cilindro y facilitar su digestión. Dentro de esta pasta cárnica tiene cabida todo lo que la imaginación del maestro carnicero acierte a añadir en su búsqueda por la perfección gustativa. Así ya he comentado la posibilidad de algún día encontrarnos con la sorpresa de la adición de otras carnes consideradas tabú, pero lo que es innegable es que el arte de la ingeniería cárnica de los que se dedican a hallar la mejor fórmula para la elaboración de las salchichas IKEA reside en una buena proporción de los ingredientes aderezados con azúcares (glucosa, sacarosa) y otros glúcidos de origen vegetal (almidón, fructosa) para conseguir la perfección en un producto que muchos imaginarán simplemente como un tubo de carne picada.


Sobre los Hot Dogs del Ikea me reitero en comentar que, todo y ser de unos 20 cm y estar servidos en bollos pequeños, tienen buen sabor y que siempre se pueden probar nuevas recetas ya prediseñadas en las que se le añade al frankfurt un ingrediente que se sale: la cebolla frita desecada. Dulzona, crujiente, aromática, que le da a la salchicha el revestimiento ideal para entrar en el más elegante baile de sabores que se celebra en el paladar del IKEA-gourmet. En los bares de nuestras latitudes estamos acostumbrados a consumir el aditivo de la cebolla pasada por la plancha o directamente cruda dentro del bocadillo. Cuando se trata de pasarla por la plancha podemos obtener la caramelización de los aros de cebolla fruto de la cocción en su propia agua a fuego lento, dejando que además de frita quede un pelín cocida dando una textura blanda y un sabor más bién dulzón. Cuando se trata de ponerla cruda en el bocadillo tenemos la sorpresa del crujir en cada mordisco. Pero los suecos van más allá. Ellos se decantan por una variedad de preparación en que la cebolla frita queda de lo más crujiente dándonos además el gran placer de probar un extra de lo más exquisito.


Cuando el dependiente del bar IKEA nos sirve el bocadillo lo provee generosamente de cebolla frita, si así lo solicitamos, y pensamos "dónde vas, animal, que se va a caer toda". Pero por lo que contaba de lo finito que es el frankfurt, te cabe el bocata en toda la boca sin el menor esfuerzo. También hay que admitir que esto es cosa de gente entrenada y cualquier novicio en el arte de la glotonería no puede aventurarse a meterse en la boca medio bocadillo del tirón.

Pero una manjar como el que he descrito requiere de ser regado con uno de los mejores caldos que la viña IKEA ofrece. Aquí viene una de las más gandes oportunidades de gorreo que se pueden presentar para alguien como el que escribió el artículo de "El Buffet Libre". Pues resulta que en IKEA pagas un vaso de tu refresco preferido y lo puedes rellenar cuantas veces quieras en los grifos dispensadores de refrescos. Yo, como ya expliqué en el artículo del Buffet, me decanto habitualmente por las bebidas sin burbujas cuando se trata de reservar espacio para que quepan más cosas en la barriga. Así, si da el caso de que tengo barra libre en alguna cosa procuraré no hincharme el estómago de burbujas y estando en IKEA siempre optaré por probar algo nuevo y exótico:

EL REFRESCO DE JARABE DE ARÁNDANOS

No cabe decir que si tienes que pagar un vaso y te puedes servir los que te dé la gana más vale que comas bien para no pasar hambre pero te reserves algo de espacio para el líquido. Sin más comentarios porque sólo diré que la primera vez que lo probé, al llegar a casa, me pasé 10 minutos meando del tirón. O sea que después de meterme 4 ó 5 frankfurts con todas las combinaciones posibles (con cebolla, solo, con salsita, a tope de ketchup, etc...) me senté en el taburete más cercano a la máquina expendedora de refrescos y pasé olímpicamente de Pepsi, Cola Loca, Mirindas y demás líquidos coloreados con burbujas, y me emborraché del jarabe de arándanos suecos.

La preparación de este jarabe no debe ser más complicada que la de cualquiera de sus hermanos refrescos. Partimos de un concentrado de extractos de arándanos, azúcar, acidulante: Ácido Ascórbico y algún que otro ingrediente de los que empieza por E- y no quieras saber cómo termina, se mezcla con agua del Osmotic o algún otro trasto de estos y la misma máquina, mientras mantienes presionado el grifo, ya se encarga de bombear las cantidades justas de jarabe concentrado y agua casi destilada para que el líquido que cae dentro de tu vaso sea el refesco de moda en Suecia. Es dulce que te cagas y como no tiene las malditas burbujas el refresco entra como el agua. Y bebe, y bebe. Y te llenas, te llenas de ese líquido rojo. A todo esto me gustaría hacer mención que ya me gustaría pillar por banda la botella del concentrado del jarabe de los cojones porque eso ya debe ser lo más, entonces sólo en el caso de que mi garganta no acertara a dejar pasar toda la cantidad de espeso jarabe que me estuviera metiendo directamente de la botella, sería entonces cuando me pondría debajo del grifo para permitir que la versión más aguada del jarabe aligerara el paso de mi cuello para permitir la llegada al estómago de la cantidad congestionada en mi faringe por la acumulación de jarabe en masa.



Ahora quisiera despedir este artículo comentando que seguiré en mi empeño de dar a conocer la gastronomía que he tenido ocasión de probar y de la que he quedado satisfecho en mayor o menor medida. Por supuesto que La comida del IKEA tendrá su extensión en diversas secuelas porque, aunque me han gustado muchísimo los Hot Dog y el refresco de arándanos, hay muchas otras especialidades de las cuales me gustaría hablar y otras que todavía no he probado pero que en cuanto tenga oportunidad me pegaré un atracón para poder hablar con conocimiento de causa en futuros posts dedicados a: La comida del IKEA.

Skål

Tuesday, May 20, 2008

FENÓMENOS PARANORMALES DE LA CIUDAD

Videntes, fantasmas y demás personajes

A mi me tenía pillado todo el tema de lo paranormal y cosas de esas. Me gustaba hojear las revistas especializadas como Más Allá, Karma 7, Año Cero, seguía alguno de los programas de radio siempre que podía ya que acostumbran a darlos a horas intempestivas, de esta manera me mantenía informado de las historias que contaban monstruos mediáticos como Miguel Blanco, el Professor Sebastià D'Arbó, Jiménez del Oso, etc...

Cuando encontraba a alguien que tuviera alguna anécdota de este tipo para contar yo siempre le escuchaba atentamente y me empapaba de las historias que me narraban. De esta manera me fui haciendo con una buena bibliografía oral que luego me encargaba yo de adornar y terminar de poner fantasía al asunto y poder recitar las historias con más énfasis. Así pues me convertí en un cuenta-cuentos del terror y de la fantasía con gran aceptación por parte de los que tenían la paciencia de escucharme.

Hoy en día no tengo tanta paciencia para escuchar rollos. Es más, soy yo quien lo meto pero sin llegar al putno de convertirme en el come-ollas del barrio (o eso creo) y hasta la fecha creo que aun puedo captar la atención de mi oyentes cuando narro alguna historia relacionada con fantasmas.

Se puede decir que tengo un buén catálogo de cuentos que cualquier día pondré a la luz para que pasen ustedes un buén rato (o un mal rato si son muy aprensivos).

Mis búsquedas de información pasaba por leer el periódico para hallar noticias poco convencionales, aunque las de este tipo no abundaban. No se vayan a pensar que yo era el típico que empezaba a buscar mensajes ocultos entre los textos del periódico para encontrar posibles conspiraciones o mensajes del más allá o de extraterrestres (que haberlos haylos, claro). Dentro de mis lecturas de prensa solía recorrer las páginas de clasificados para encontrar anuncios de parapsicólogos, videntes, etc... únicamente con el fin de saber si había gente dentro del tema paranormal. Y digo únicamente ya que tampoco tenía yo ninguna inquietud en particular por llamar a uno de los teléfonos de los anunciantes, no sé por qué, tal vez porque no necesitaba yo de sus servicios o porque me cobrarían tan sólo por el mero hecho de visitarlos para entrevistarlos y conocer un poco de su actividad y del mundo paralelo en el que se mueven.

EL VIDENTE SALVA

De entre todos los anuncios que encontraba en los clasificados de había uno que no fallaba: EL VIDENTE SALVA. Creo recordar que este vidente, incluso, se había currado panfletos de los que se dejan en los parabrisas de los coches.
Hoy en día, con la llegada de internet, he intentado averiguar si el susodicho vidente está todavía en activo y si tiene algún 906 o una web desde donde anunciarse pero, estarán ustedes de acuerdo conmigo, es un poco difícil poner en el Google "el vidente salva" ya que con estos tags salen un montón de entradas que no tienen nada que ver con el objeto de la búsqueda.

Así, no sé extactamente qué se ha hecho de El Vidente Salva y si todavía sigue en activo o si se arruinó. A decir verdad escribo este párrafo sobre él dado que era uno de los personajes que me dejó un poco out por el mero hecho de ser vidente en una época en la que estuve muy interesado en estos temas, aunque jamás tuviera yo la necesidad de recurrir a ninguno de ellos.

Me dejaba out también su nombre de guerra: "EL VIDENTE SALVA". Jo, macho, te lo podrías haber currado un poco para buscarte el nombre. Vale que te llames Salvador y que tus amigos te llamen Salva y que deseas que tu clientela te trate como un amigo y que, por tanto, te hagas llamar Salva pero no me negarán ustedes, mis lectores, que es un nombre poco llamativo para un vidente. Rappel está bién. Aramís Fuster, también... pero Salva -buf!- ... casi que no. Yo me hubiera puesto algo como, aprovechando el nombre de Salvador: Salvatium, Salvatore (en italiano). No sé, queda más comercial... O si no optara por transformar mi propio nombre, pues: Oculum (ojo en latín); Caster (del inglés tomaría la palabra forecast, previsión del tiempo). En fin, ahí queda el recuerdo hacia este vidente.

EL PROFETA BÍBLICO DE NOU BARRIS

Pero si debo hablar ahora de lo que es el porvenir no puedo pasar por alto a un profeta que nos dejaba sus mensajes escritos en tiza en las paredes de las calles de Barcelona. Fui seguidor de sus escritos, no de sus ideas, ya que era habitual pasear por las calles de Nou Barris, Sant Andreu, Guinardó,... y encontrarse con sus mensajes a la humanidad.

Este profeta de la cristiandad tenía por costumbre escribir mensajes bíblicos en las paredes, como he dicho, en tiza. A veces se trataban de citas textuales de la Biblia y otras veces eran reflexiones y recomendaciones. Y más que reflexiones me atrevería a afirmar que eran advertencias. No recuerdo que en alguno de sus mensajes nos anunciara el fin de los días pero estoy muy seguro que en alguno de sus versículos lo llegaría a mencionar.

Era muy típico reconocer sus mensajes no sólo por el mensaje en sí, sinó porque siempre escribía con letra muy grande, redonda y prácticamente sin separar las palabras ni poner signos de puntuación, con lo cual se hacía muy difícil entender lo que se decía si uno leía el mensaje mientras iba caminando a menos que se detuviera a leerlo con atención. Aun y así era preferible leerlo dos o tres veces para terminar de descifrar la su letra, las pausas del texo y, finalmente, captar el mensaje del escrito. Algunos de sus mensajes decía algo como esto:

"leelabibliaporqueessabiduriacristonosama" y etc...

Pues imagínenese ustedes ni que fuera dos párrafos de letras redonditas, enormes y todas juntas, sin comas o puntos y, por supuesto, ni una sola tilde.

Hace unos meses en Ràdio Contrabanda, el programa Sinaudiencia hizo un pequeño comentario sobre éste profeta calificándolo como uno de tantos grafiteros anónimos de la ciudad de Barcelona. A todo esto añadiría que nuestro querido profeta bíblico barcelonés puede pasar a ser uno de los grafiteros más clásicos de la capital catalana junto con el famosísimo "Xupet Negre" (a veces, y correctamente, xumet) quien dedicaba su obra a grafitear las paredes con su firma: un chupete negro.

Sigamos...

EL PREDICADOR DEL PASEO DE VERDUM

En cierta ocasión, caminando yo por el Paseo de Verdum de la Ciudad Condal, a la salida del metro de Lluchmajor, se me acercó un señor que ya tenía yo visto del barrio pero desde hacía mucho. Jamás nos habíamos dirigido la palabra y dudo que él me tuviera visto o se percatara de mi existencia. Este señor era habitual verle por las cercanías del antiguo manicomio de Verdum (donde acutalmente está el cuartel de la guardia urbana) y por el Parque de la Guineueta, a parte que creo coincidí con él una vez en la cola para entrar al cine Astor.

Aquél día oí su voz por primera vez. Biblia bajo el brazo y vestido con una tupida americana a cuadros, se me acercó abordándome a la salida del metro cuando habíamos caminado en paralelo unos diez metros en dirección al semáforo de la esquina de la Calle Lorena. Veamos qué me dijo:

PREDICADOR: Buenas tardes. Disculpe.

YO: Buenas tardes. ¿Qué desea?

PREDICADOR: ¿Cree usted en Dios?

Yo, chuleta de mi, le quise vacilar y le contesté:

YO: Yo no sólo creo en Diós sinó que también creo en el Demonio.

El predicador se me quedó de piedra, completamente perdido por la respuesta tajante y nada premeditada que le solté. Yo, por mi parte, me sentí reconfortado. Había logrado quedarme con el pavo que de bién seguro, su objetivo era endorsarme una Biblia, una visita con motivos religiosos a casa o invitarme a su congregación de hermanos. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el Sr. Predicador buscó la vuelta a mi tajante respuesta:

PREDICADOR: Así que usted cree en el bien y el mal.

YO: Sí.

PREDICADOR: En el amor y en el odio.

YO: Sí.

PREDICADOR: En la justicia y la injusticia.

YO: Sí.

Y entonces es cuando cambió el tono serio y firme de su voz a uno un poco más relajado y cercano con el que me vaciló y se quedó conmigo:

PREDICADOR: Pues, amigo, tú tienes problemaaaas.

Pues sí, amigos, de esta entrada en el fanzine de lo chorra de El Blog Autodefensa les puedo contar que habrán réplicas ya que es un tema suficientemente interesante para poder desarrollar ya que la urbe esconde muchos secretos y personajes con los que he podido coincidir de alguna manera sea en persona o porque me han tocado de cerca o he podido conocer por un medio u otro. Tengan por seguro que les mantendré informados de otros seres que conviven entre nosotros y que, lejos de imaginárselo, ustedes ignoran.

Hasta el siguiente post.